(El Mundo, Septiembre 21 de 2010; La Patria, Septiembre 27 de 2010)
Dice el refranero popular que “Después de la tempestad, viene la calma”. Como todo refrán, múltiples interpretaciones son posibles. Una de ellas nos sugiere que después de cada evento extremo las circunstancias tienden a volver a su normalidad. Los académicos tienen un nombre técnico para este concepto: “el regreso a la media”. Y como todo buen refrán, este también puede ser usado como metáfora para entender ciertos acontecimientos sociales que se avecinan en el inmediato futuro y que quizá ya se asoman en las noticias.
Un ejemplo sencillo, nos puede ayudar a explicar la manera en que los académicos definen el “retorno a la media”. Imagínese que una escuela recibe un dinero para mejorar el nivel de matemáticas de los alumnos de un cierto grado. La escuela, con toda razón, buscara los niños a los que peor les fue en el último examen, y los asignara al programa de refuerzo en matemáticas. Para evaluar el programa, lo más sensato es volver a hacer un examen de matemáticas y comparar a los niños que tomaron el programa de refuerzo con los que no lo tomaron. En promedio, los niños que fueron sujetos del programa, seguramente sacaran puntajes más altos y similares a los de los niños que no fueron intervenidos.
Es esta una señal de que el programa funciono? No, necesariamente. La teoría sugiere que podemos estar ante la presencia del “retorno a la media”. Es decir, no todos los niños que sacaron un mal puntaje en el primer examen lo van a sacar en el segundo. Un comportamiento extremo en un indicador, que obligue a intervenciones radicales, puede ser causado por condiciones fortuitas, que una vez pasa el tiempo deben regresar a la situación normal.
Como se aplica el “regreso a la media” a lo que está pasando y veremos en el futuro cercano? No cabe duda que el gobierno del presidente Uribe fue un evento inusual para la economía y la sociedad colombiana. Su personalidad y estilo no tenían precedente histórico. Su énfasis en ciertos temas fue aplaudido y repudiado por muchos. Sus políticas generaron importantes cambios en las expectativas y el comportamiento de los colombianos. Muchos indicadores mejoraron ostensiblemente y otros decrecieron notoriamente. Lo que no sabemos es cuánto de esto será permanente.
Sera interesante ver con el paso del tiempo, cuáles de nuestros comportamientos como sociedad efectivamente cambiaron, y cuáles regresaran a su nivel medio.
Este blog reune mis artículos de opinión publicados en diarios colombianos y otras ideas no publicadas en medios escritos
jueves, 16 de septiembre de 2010
sábado, 28 de agosto de 2010
Kurzarbeit
(El Mundo, Septiembre 2 de 2010; La Patria, Septiembre 6 de 2010)
Mucho se habla por estos días de la necesidad de reformar los impuestos al trabajo, los cuales se consideran la gran distorsión, el gran impedimento, para un mercado laboral más dinámico en Colombia. La idea es que una vez eliminados tales impuestos los empresarios tendrán más incentivos a contratar. Se afirma también que el salario mínimo es excesivamente alto y que está muy por encima de la productividad de los trabajadores colombianos. Pero pensar que una política de reducción del salario mínimo es viable, es ingenuo.
Los grandes afectados por estos impuestos son aquellos que apenas entran al mercado laboral (los jóvenes) o aquellos con poca educación y por ende con pocos conocimientos y habilidades. Todas estas reformas están bien fundamentadas y no cabe duda que es menester remover toda distorsión.
La crisis económica ha mostrado que la política laboral no solo debe concentrase en los jóvenes o los pocos educados. Cuando la actividad económica baja sustancialmente, los despidos también llegan para trabajadores educados y experimentados. Las consecuencias son más devastadoras para este segmento poblacional. No solo es más difícil encontrar un trabajo con las mismas condiciones, sino que dependiendo del tiempo de búsqueda, las consecuencias pueden extenderse al ámbito personal rápidamente: perdida de riqueza, perdida de autoestima, desintegración familiar, etc.
Ahora que el gobierno parece tener oídos abiertos a opciones de política en el mercado laboral, bien vale la pena resaltar una opción de política que ha probado ser muy efectiva para mantener en el puesto de trabajo a personas con educación y experiencia, en especial en épocas de recesión. Se llama el “Kurzarbeit” y es de origen alemán.
El programa consiste en un subsidio a aquellas compañías que en lugar de despedir trabajadores, los conserven dentro de la nomina. Las compañías pueden legalmente elegir o bien reducir las horas diarias que necesitan del trabajador, o bien reducir el número de días que solicitan los servicios del trabajador. El tiempo no pagado por la empresa es parcialmente compensado por recursos gubernamentales. En últimas es un subsidio de desempleo sin perder el empleo. La idea es que una vez la economía se recupere, el trabajador vuelve a ser financiado 100 por ciento por la empresa.
En el peor momento de la recesión económica de 2009, Alemania logro mantener alrededor de 500,000 trabajadores en sus empleos gracias a este sistema, de acuerdo con la OECD. Alemania es además el país con la menor tasa de desempleo en el mundo desarrollado. Antes de la crisis el tiempo permitido era de 6 meses, ahora gracias a esta fue extendido dos años. El “Kurzarbeit” es una poderosa política para proteger a los trabajadores educados en épocas de turbulencia económica.
Mucho se habla por estos días de la necesidad de reformar los impuestos al trabajo, los cuales se consideran la gran distorsión, el gran impedimento, para un mercado laboral más dinámico en Colombia. La idea es que una vez eliminados tales impuestos los empresarios tendrán más incentivos a contratar. Se afirma también que el salario mínimo es excesivamente alto y que está muy por encima de la productividad de los trabajadores colombianos. Pero pensar que una política de reducción del salario mínimo es viable, es ingenuo.
Los grandes afectados por estos impuestos son aquellos que apenas entran al mercado laboral (los jóvenes) o aquellos con poca educación y por ende con pocos conocimientos y habilidades. Todas estas reformas están bien fundamentadas y no cabe duda que es menester remover toda distorsión.
La crisis económica ha mostrado que la política laboral no solo debe concentrase en los jóvenes o los pocos educados. Cuando la actividad económica baja sustancialmente, los despidos también llegan para trabajadores educados y experimentados. Las consecuencias son más devastadoras para este segmento poblacional. No solo es más difícil encontrar un trabajo con las mismas condiciones, sino que dependiendo del tiempo de búsqueda, las consecuencias pueden extenderse al ámbito personal rápidamente: perdida de riqueza, perdida de autoestima, desintegración familiar, etc.
Ahora que el gobierno parece tener oídos abiertos a opciones de política en el mercado laboral, bien vale la pena resaltar una opción de política que ha probado ser muy efectiva para mantener en el puesto de trabajo a personas con educación y experiencia, en especial en épocas de recesión. Se llama el “Kurzarbeit” y es de origen alemán.
El programa consiste en un subsidio a aquellas compañías que en lugar de despedir trabajadores, los conserven dentro de la nomina. Las compañías pueden legalmente elegir o bien reducir las horas diarias que necesitan del trabajador, o bien reducir el número de días que solicitan los servicios del trabajador. El tiempo no pagado por la empresa es parcialmente compensado por recursos gubernamentales. En últimas es un subsidio de desempleo sin perder el empleo. La idea es que una vez la economía se recupere, el trabajador vuelve a ser financiado 100 por ciento por la empresa.
En el peor momento de la recesión económica de 2009, Alemania logro mantener alrededor de 500,000 trabajadores en sus empleos gracias a este sistema, de acuerdo con la OECD. Alemania es además el país con la menor tasa de desempleo en el mundo desarrollado. Antes de la crisis el tiempo permitido era de 6 meses, ahora gracias a esta fue extendido dos años. El “Kurzarbeit” es una poderosa política para proteger a los trabajadores educados en épocas de turbulencia económica.
sábado, 7 de agosto de 2010
Fe y tecnocracia
(El Mundo, Agosto 11, 2010; La Patria, Agosto 17 de 2010)
Con el nuevo gobierno, entra un nuevo equipo de ministros y directores de departamentos administrativos. Algunos comentaristas hablan de un equipo de ensueño, un “Dream Team”, a la manera de los equipos de superestrellas de baloncesto norteamericano. Los mismos comentaristas festejan el retorno de la tecnocracia: el ejercicio del poder por parte de los tecnócratas.
Quienes son los tecnócratas? He ahí el primer escollo. La palabra no existe en el diccionario de la Real Academia Española. El concepto en sí mismo es importado de los EEUU. De acuerdo con la Enciclopedia Británica, la tecnocracia se refiere a la llegada de ingenieros y científicos a los puestos del poder, para practicar la denominada gerencia científica. En pocas palabras, la toma de decisiones basada en conocimiento científico y no en presiones políticas, o atendiendo intereses de sectores particulares.
La definición que quizá tienen en mente los comentaristas mencionados, se refiere probablemente a títulos de doctorado en el exterior. Pero este es un criterio bastante flojo como posible indicador de éxito de un ministro. De una parte en ningún doctorado científico o técnico enseñan gerencia pública, y de otra parte, los doctorados preparan individuos para la docencia o para la investigación, y un ministro no hace ni lo uno ni lo otro.
Basta dar un vistazo a la historia reciente para ver lo flojo de este criterio, al menos en lo que respecta a política económica. El saliente ministro de Hacienda, se despide con una muy buena gestión en medio de uno de los periodos más turbulentos de la economía mundial. Su llegada causo revuelo, dada la tradición de economistas con doctorado en ese puesto. En el lado opuesto, están ministros con doctorado saliendo por la puerta de atrás debido a escándalos por mal manejo de recursos públicos.
Pero no solo es floja la causalidad entre doctorado y buena gestión pública a nivel individual, también lo es el argumento de unidad científica a nivel de disciplinas. El mejor ejemplo se ve hoy por hoy en los EEUU, de nuevo la cuna de la tecnocracia. El debate por incrementar el gasto público como política para sacar a la economía de su peor crisis en décadas está muy agitado, con premios nobel y eminentes académicos argumentando a favor y en contra.
Otro buen ejemplo del límite de una disciplina académica como fuente única de sabiduría para toma de decisiones lo dio Alan Greenspan, el tecnócrata por excelencia de los EEUU, al reconocer ante el Senado norteamericano que lo sucedido en la crisis probó que su modelo mental de cómo funcionaba una economía estaba equivocado.
Buena suerte a los nuevos ministros, pero pongamos nuestra fe en su buen juicio y honestidad, no en sus títulos.
Con el nuevo gobierno, entra un nuevo equipo de ministros y directores de departamentos administrativos. Algunos comentaristas hablan de un equipo de ensueño, un “Dream Team”, a la manera de los equipos de superestrellas de baloncesto norteamericano. Los mismos comentaristas festejan el retorno de la tecnocracia: el ejercicio del poder por parte de los tecnócratas.
Quienes son los tecnócratas? He ahí el primer escollo. La palabra no existe en el diccionario de la Real Academia Española. El concepto en sí mismo es importado de los EEUU. De acuerdo con la Enciclopedia Británica, la tecnocracia se refiere a la llegada de ingenieros y científicos a los puestos del poder, para practicar la denominada gerencia científica. En pocas palabras, la toma de decisiones basada en conocimiento científico y no en presiones políticas, o atendiendo intereses de sectores particulares.
La definición que quizá tienen en mente los comentaristas mencionados, se refiere probablemente a títulos de doctorado en el exterior. Pero este es un criterio bastante flojo como posible indicador de éxito de un ministro. De una parte en ningún doctorado científico o técnico enseñan gerencia pública, y de otra parte, los doctorados preparan individuos para la docencia o para la investigación, y un ministro no hace ni lo uno ni lo otro.
Basta dar un vistazo a la historia reciente para ver lo flojo de este criterio, al menos en lo que respecta a política económica. El saliente ministro de Hacienda, se despide con una muy buena gestión en medio de uno de los periodos más turbulentos de la economía mundial. Su llegada causo revuelo, dada la tradición de economistas con doctorado en ese puesto. En el lado opuesto, están ministros con doctorado saliendo por la puerta de atrás debido a escándalos por mal manejo de recursos públicos.
Pero no solo es floja la causalidad entre doctorado y buena gestión pública a nivel individual, también lo es el argumento de unidad científica a nivel de disciplinas. El mejor ejemplo se ve hoy por hoy en los EEUU, de nuevo la cuna de la tecnocracia. El debate por incrementar el gasto público como política para sacar a la economía de su peor crisis en décadas está muy agitado, con premios nobel y eminentes académicos argumentando a favor y en contra.
Otro buen ejemplo del límite de una disciplina académica como fuente única de sabiduría para toma de decisiones lo dio Alan Greenspan, el tecnócrata por excelencia de los EEUU, al reconocer ante el Senado norteamericano que lo sucedido en la crisis probó que su modelo mental de cómo funcionaba una economía estaba equivocado.
Buena suerte a los nuevos ministros, pero pongamos nuestra fe en su buen juicio y honestidad, no en sus títulos.
viernes, 23 de julio de 2010
Después del mundial
(La Patria, Julio 26 de 2010; El Mundo, Julio 27 de 2010)
Termino el mundial de futbol 2010 en Suráfrica, y de acuerdo con cifras oficiales de la FIFA 3.2 millones de aficionados asistieron a los estadios. Esta es probablemente la única cifra oficial que se conocerá. No solamente es muy difícil cuantificar los ingresos y egresos derivados de un mundial, sino también es probable que no sea una buena estrategia política el revelarlos.
Algunos diarios internacionales, como el periódico Sun de Toronto, especulan que los costos se encuentran alrededor de los seis billones de dólares y los ingresos alrededor de los cinco billones. Otros estimativos publicados por el diario el Heraldo de Nueva Zelanda hablan de costos entre los ocho y los once billones de dólares, lo que, según este mismo diario, representa el cinco por ciento del PIB de Suráfrica.
La pregunta por el verdadero impacto económico de este tipo de mega eventos ha dado pie a una línea de investigación llamada “Economía de los deportes”. La pregunta central de los estudiosos del tema es: deben los gobiernos locales y nacionales subsidiar o financiar totalmente la construcción de estadios con las especificaciones necesarias para alojar mega eventos?. A primera vista, realizar un mundial suena como un sueño publicitario hecho realidad. Los beneficios suenan incuantificables, en particular para la cadena de industrias de servicios turísticos y la cadena de industrias de obras civiles.
Los estudiosos del tema no creen en tanta belleza. De hecho, y de manera casi inaudita, de acuerdo con una encuesta hecha a economistas norteamericanos especializados en el tema en 2005, casi el noventa por ciento de los mismos estuvo muy de acuerdo o de acuerdo con acabar con los subsidios a los mega eventos deportivos existentes en este país.
La teoría económica sugiere que los gobiernos deben invertir solo en aquellas actividades que son deseables socialmente y que por circunstancias locales ningún inversionista privado se encuentra dispuesto a asumir. De lo contrario, el gobierno, o más precisamente los contribuyentes actuales y futuros, caerían en la antigua trampa de subsidiar a los empresarios del entretenimiento y a uno que otro organismo internacional.
Los beneficios de los mega eventos dependen de lo que podría llamarse el multiplicador del turismo internacional. Desafortunadamente, este multiplicador es muy frágil. Una mala pasada del destino lo puede echar por tierra en segundos.
Por ahora el gran ganador es España. Mientras tanto los contribuyentes surafricanos quedaron con un desbalance fiscal proyectado para 2009/2010 en -7.9% del PIB. Esto, vale la pena aclarar, no solo fruto de la expansión del gasto público por el mundial sino por la recesión económica internacional.
Termino el mundial de futbol 2010 en Suráfrica, y de acuerdo con cifras oficiales de la FIFA 3.2 millones de aficionados asistieron a los estadios. Esta es probablemente la única cifra oficial que se conocerá. No solamente es muy difícil cuantificar los ingresos y egresos derivados de un mundial, sino también es probable que no sea una buena estrategia política el revelarlos.
Algunos diarios internacionales, como el periódico Sun de Toronto, especulan que los costos se encuentran alrededor de los seis billones de dólares y los ingresos alrededor de los cinco billones. Otros estimativos publicados por el diario el Heraldo de Nueva Zelanda hablan de costos entre los ocho y los once billones de dólares, lo que, según este mismo diario, representa el cinco por ciento del PIB de Suráfrica.
La pregunta por el verdadero impacto económico de este tipo de mega eventos ha dado pie a una línea de investigación llamada “Economía de los deportes”. La pregunta central de los estudiosos del tema es: deben los gobiernos locales y nacionales subsidiar o financiar totalmente la construcción de estadios con las especificaciones necesarias para alojar mega eventos?. A primera vista, realizar un mundial suena como un sueño publicitario hecho realidad. Los beneficios suenan incuantificables, en particular para la cadena de industrias de servicios turísticos y la cadena de industrias de obras civiles.
Los estudiosos del tema no creen en tanta belleza. De hecho, y de manera casi inaudita, de acuerdo con una encuesta hecha a economistas norteamericanos especializados en el tema en 2005, casi el noventa por ciento de los mismos estuvo muy de acuerdo o de acuerdo con acabar con los subsidios a los mega eventos deportivos existentes en este país.
La teoría económica sugiere que los gobiernos deben invertir solo en aquellas actividades que son deseables socialmente y que por circunstancias locales ningún inversionista privado se encuentra dispuesto a asumir. De lo contrario, el gobierno, o más precisamente los contribuyentes actuales y futuros, caerían en la antigua trampa de subsidiar a los empresarios del entretenimiento y a uno que otro organismo internacional.
Los beneficios de los mega eventos dependen de lo que podría llamarse el multiplicador del turismo internacional. Desafortunadamente, este multiplicador es muy frágil. Una mala pasada del destino lo puede echar por tierra en segundos.
Por ahora el gran ganador es España. Mientras tanto los contribuyentes surafricanos quedaron con un desbalance fiscal proyectado para 2009/2010 en -7.9% del PIB. Esto, vale la pena aclarar, no solo fruto de la expansión del gasto público por el mundial sino por la recesión económica internacional.
martes, 6 de julio de 2010
Lecciones de moda
(El Mundo, Julio 8 de 2010; La Patria, Julio 12 de 2010)
Algunos principios económicos son a veces invocados de manera casi religiosa para justificar acciones de política. Pero al igual que muchos principios religiosos, en ocasiones, creer en ellos es un acto de fe. La evidencia esta en el papel y en una muy juiciosa argumentación teórica, pero la realidad, a veces, simplemente no se corresponde. Peor aún, a la mejor manera de ciertos dogmas, aquellos que no los crean o sigan, deben atenerse a consecuencias devastadoras.
Un buen ejemplo de esto, y tema de esta columna, es el principio según el cual sin una meticulosa protección a la propiedad intelectual, no existen incentivos a la innovación, y por lo tanto es todavía más ingenuo creer que una buena industria pueda florecer. La verdad es que las cosas son más complejas, como lo argumenta una línea de investigación muy interesante liderada por la investigadora Johanna Blakley, subdirectora del instituto Norman Lear de la Universidad de Southern California.
Blakley estudia la industria de la moda y su impacto y lecciones para la sociedad. En la industria de la moda por ejemplo existe mínima protección a la propiedad intelectual, los diseñadores solo pueden proteger legalmente su marca, es decir, su logo y su nombre. Y en ocasiones también pueden patentar elementos bidimensionales, por ejemplo, un cierto diseño de un patrón en una tela, pero jamás podrían hacerlo en artículos tridimensionales.
La razón que justifica esta imposibilidad legal es muy sencilla: los elementos de vestir son demasiado utilitarios como para calificar por protección legal. El costo de una camisa seria prohibido si por cada camisa un fabricante tuviera que pagar derechos a los inventores de los cuellos, las mangas, los puños, etc. Y se podría llegar a aberraciones tales como encarcelar a una mama por coserle una camisa a su hija.
Lo más interesante, argumenta Blakley, es que esta circunstancia, en lugar de haber hundido a la industria de la moda, la llevo a convertirse en un negocio multimillonario, donde la innovación es permanente, donde el proceso creativo está abierto a todo el mundo, y donde el mejoramiento es constante.
Este proceso ha permitido además que existan dos industrias que se retroalimentan permanentemente. La alta costura o las grandes casas con objetos que son considerados arte y con un mercado dispuesto a pagar exorbitantes precios. Y otra que viste al resto de los seres humanos a precios razonables y con alta variedad en diseño y calidad.
Todo esto es el resultado de una industria basada en la cultura de la copia y no de la protección. Es posible que este principio no sea aplicable a toda industria, pero también es cierto que el principio de la excesiva protección a la propiedad intelectual y sus supuestos efectos positivos en innovación es defectuoso. La mejor política esta seguramente en un sano punto medio.
Algunos principios económicos son a veces invocados de manera casi religiosa para justificar acciones de política. Pero al igual que muchos principios religiosos, en ocasiones, creer en ellos es un acto de fe. La evidencia esta en el papel y en una muy juiciosa argumentación teórica, pero la realidad, a veces, simplemente no se corresponde. Peor aún, a la mejor manera de ciertos dogmas, aquellos que no los crean o sigan, deben atenerse a consecuencias devastadoras.
Un buen ejemplo de esto, y tema de esta columna, es el principio según el cual sin una meticulosa protección a la propiedad intelectual, no existen incentivos a la innovación, y por lo tanto es todavía más ingenuo creer que una buena industria pueda florecer. La verdad es que las cosas son más complejas, como lo argumenta una línea de investigación muy interesante liderada por la investigadora Johanna Blakley, subdirectora del instituto Norman Lear de la Universidad de Southern California.
Blakley estudia la industria de la moda y su impacto y lecciones para la sociedad. En la industria de la moda por ejemplo existe mínima protección a la propiedad intelectual, los diseñadores solo pueden proteger legalmente su marca, es decir, su logo y su nombre. Y en ocasiones también pueden patentar elementos bidimensionales, por ejemplo, un cierto diseño de un patrón en una tela, pero jamás podrían hacerlo en artículos tridimensionales.
La razón que justifica esta imposibilidad legal es muy sencilla: los elementos de vestir son demasiado utilitarios como para calificar por protección legal. El costo de una camisa seria prohibido si por cada camisa un fabricante tuviera que pagar derechos a los inventores de los cuellos, las mangas, los puños, etc. Y se podría llegar a aberraciones tales como encarcelar a una mama por coserle una camisa a su hija.
Lo más interesante, argumenta Blakley, es que esta circunstancia, en lugar de haber hundido a la industria de la moda, la llevo a convertirse en un negocio multimillonario, donde la innovación es permanente, donde el proceso creativo está abierto a todo el mundo, y donde el mejoramiento es constante.
Este proceso ha permitido además que existan dos industrias que se retroalimentan permanentemente. La alta costura o las grandes casas con objetos que son considerados arte y con un mercado dispuesto a pagar exorbitantes precios. Y otra que viste al resto de los seres humanos a precios razonables y con alta variedad en diseño y calidad.
Todo esto es el resultado de una industria basada en la cultura de la copia y no de la protección. Es posible que este principio no sea aplicable a toda industria, pero también es cierto que el principio de la excesiva protección a la propiedad intelectual y sus supuestos efectos positivos en innovación es defectuoso. La mejor política esta seguramente en un sano punto medio.
sábado, 19 de junio de 2010
Evaluación a profesores
(El Mundo, Junio 24 de 2010; La Patria, Junio 28 de 2010)
Medir, con el objeto de mejorar, la calidad de la educación universitaria es una tarea vital para el futuro de la economía nacional. Pero la selección de los indicadores es crítica, so pena de crear los incentivos equivocados. Para evaluar a los estudiantes toman fuerza en el país exámenes estandarizados como los ECAES. Pero, para evaluar a los profesores las medidas son más precarias, estáticas o incluso inexistentes. La herramienta más usada son las evaluaciones a profesores hechas por los alumnos. La pregunta es: son estas evaluaciones de alguna utilidad?
La respuesta parece ser NO. En efecto, un estudio muy riguroso elaborado por Scott Carrell de la Universidad de California Davis y James West de la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, así lo sugiere. Estos investigadores, aprovecharon la oportuna circunstancia de que en la Fuerza Aérea de este país los estudiantes son asignados al azar a cursos universitarios obligatorios en el primer año. Estos cursos están perfectamente estandarizados: igual material, igual programa, igual examen a igual hora, etc. Además los profesores no cuentan con la ayuda de asistentes y deben estar disponibles en igual número de horas para sus alumnos para consultas fuera de clase.
Además de todo esto, Carrell y West se concentraron en materias que son obligatorias para todos los estudiantes y que son parte de una secuencia, por ejemplo, Calculo I, II y II. A cada una de estas materias secuenciales los alumnos son nuevamente asignados al azar. De tal forma que en ninguno de los cursos los estudiantes pueden matricularse con el profesor que les guste. Lo más interesante de este estudio es que los cursos secuenciales (II y III) proveen un escenario ideal para medir la calidad de la enseñanza de un profesor en el mediano plazo.
Los resultados publicados por Carrell y West sugieren que a los estudiantes asignados a profesores con menos experiencia y sin doctorado les va mejor que al promedio en el curso inicial pero luego les va peor en los cursos siguientes. Consistente con esto, los estudiantes evalúan de manera más alta a aquellos profesores con los cuales sacan notas más altas al comienzo. Similarmente los estudiantes que son mejores en los cursos secuenciales, calificaron en promedio con valores más bajos a sus profesores de la materia inicial.
Dado que los profesores conocen los exámenes con antelación, Carrell y West, concluyen que los profesores no experimentados tienen incentivos a enseñar lo necesario para el examen y no lo fundamental de la materia, lo que si hacen los experimentados. El valor agregado del buen profesor solo se ve en el mediano plazo, y los estudiantes son miopes a esto.
Todavía esta entonces por descubrirse una mejor medida de la calidad de los profesores universitarios. Las evaluaciones por parte de los alumnos no hacen justicia, y quizá pueden ser más dañinas que productivas.
Medir, con el objeto de mejorar, la calidad de la educación universitaria es una tarea vital para el futuro de la economía nacional. Pero la selección de los indicadores es crítica, so pena de crear los incentivos equivocados. Para evaluar a los estudiantes toman fuerza en el país exámenes estandarizados como los ECAES. Pero, para evaluar a los profesores las medidas son más precarias, estáticas o incluso inexistentes. La herramienta más usada son las evaluaciones a profesores hechas por los alumnos. La pregunta es: son estas evaluaciones de alguna utilidad?
La respuesta parece ser NO. En efecto, un estudio muy riguroso elaborado por Scott Carrell de la Universidad de California Davis y James West de la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, así lo sugiere. Estos investigadores, aprovecharon la oportuna circunstancia de que en la Fuerza Aérea de este país los estudiantes son asignados al azar a cursos universitarios obligatorios en el primer año. Estos cursos están perfectamente estandarizados: igual material, igual programa, igual examen a igual hora, etc. Además los profesores no cuentan con la ayuda de asistentes y deben estar disponibles en igual número de horas para sus alumnos para consultas fuera de clase.
Además de todo esto, Carrell y West se concentraron en materias que son obligatorias para todos los estudiantes y que son parte de una secuencia, por ejemplo, Calculo I, II y II. A cada una de estas materias secuenciales los alumnos son nuevamente asignados al azar. De tal forma que en ninguno de los cursos los estudiantes pueden matricularse con el profesor que les guste. Lo más interesante de este estudio es que los cursos secuenciales (II y III) proveen un escenario ideal para medir la calidad de la enseñanza de un profesor en el mediano plazo.
Los resultados publicados por Carrell y West sugieren que a los estudiantes asignados a profesores con menos experiencia y sin doctorado les va mejor que al promedio en el curso inicial pero luego les va peor en los cursos siguientes. Consistente con esto, los estudiantes evalúan de manera más alta a aquellos profesores con los cuales sacan notas más altas al comienzo. Similarmente los estudiantes que son mejores en los cursos secuenciales, calificaron en promedio con valores más bajos a sus profesores de la materia inicial.
Dado que los profesores conocen los exámenes con antelación, Carrell y West, concluyen que los profesores no experimentados tienen incentivos a enseñar lo necesario para el examen y no lo fundamental de la materia, lo que si hacen los experimentados. El valor agregado del buen profesor solo se ve en el mediano plazo, y los estudiantes son miopes a esto.
Todavía esta entonces por descubrirse una mejor medida de la calidad de los profesores universitarios. Las evaluaciones por parte de los alumnos no hacen justicia, y quizá pueden ser más dañinas que productivas.
viernes, 4 de junio de 2010
Capital humano para inversionistas
(La Patria, Junio 8 2010; El Mundo, Junio 11, 2010)
El tiempo es el mejor amigo de la pobreza: mientras más pasa el tiempo más difícil es salir de ella. La educación por el contrario es el peor enemigo de la pobreza: mientras más educación se tiene más oportunidades se pueden tener para salir de ella. El tiempo es el mejor amigo de un inversionista: mientras más pasa el tiempo más alta la rentabilidad. Que tienen que ver los inversionistas privados, la pobreza, la educación y el tiempo?
Miguel Palacios, un ingeniero colombiano, con doctorado en Administración de Empresas en la Universidad de California Berkeley, lo explica en un libro escrito con Nicholas Barr llamado (traducción no oficial) “Invertir en Capital Humano: una aproximación de mercado de capitales a la financiación de estudiantes”.
La idea promovida por Palacios y Barr es muy interesante. Imagínese el caso de un estudiante necesitado de fondos para pagar sus estudios de pregrado sin codeudores o sin activos para respaldar un préstamo educativo. Imagínese ahora un inversionista interesado en invertir en capital humano, es decir estudiantes. Los dos establecen un contrato por el cual el estudiante recibe la financiación necesaria para pagar sus estudios y a cambio se compromete a pagar el 3.5% de su ingreso durante los primeros 60 meses de trabajo.
Ambas partes ganan. El estudiante no solo obtiene el nivel educativo que le interesa, sino que puede pagar con su ingreso futuro. El estudiante además recibe ayuda por parte del inversionista para ingresar lo más pronto y de la mejor manera al mundo laboral. El inversionista recibe tanto el retorno financiero como la satisfacción personal.
Obviamente la parte más delicada del contrato es el riesgo de no repago por parte del estudiante. Es ahí donde entra la parte más inteligente de la idea, porque los incentivos al progreso educativo de los estudiantes quedan en manos de agentes privados. Los estudiantes tienen ahora nombre propio y está en el mejor interés de ambas partes el éxito del contrato.
Una extensión de esta idea a todo el ciclo educativo es posible. La razón por la que los estudiantes de clase media y alta no son pobres es un por un contrato implícito entre ellos y sus padres. Un contrato que toma al menos 23 años. Los niños pobres no tienen la culpa de nacer en un hogar pobre, pero mientras más tiempo permanezcan en uno más crece sus probabilidades de nunca salir de ahí. Un ciclo que todos conocemos. Un ciclo que ningún programa público ha podido derrotar por una razón muy sencilla: estos niños no tienen nombre propio, no tienen un inversionista propio.
Imagínese ahora que TODOS los niños pobres de cierta edad fueran cobijados por un contrato de este estilo. La pobreza por falta de recursos para una buena educación se erradicaría en cuestión de 20 años.
El tiempo es el mejor amigo de la pobreza: mientras más pasa el tiempo más difícil es salir de ella. La educación por el contrario es el peor enemigo de la pobreza: mientras más educación se tiene más oportunidades se pueden tener para salir de ella. El tiempo es el mejor amigo de un inversionista: mientras más pasa el tiempo más alta la rentabilidad. Que tienen que ver los inversionistas privados, la pobreza, la educación y el tiempo?
Miguel Palacios, un ingeniero colombiano, con doctorado en Administración de Empresas en la Universidad de California Berkeley, lo explica en un libro escrito con Nicholas Barr llamado (traducción no oficial) “Invertir en Capital Humano: una aproximación de mercado de capitales a la financiación de estudiantes”.
La idea promovida por Palacios y Barr es muy interesante. Imagínese el caso de un estudiante necesitado de fondos para pagar sus estudios de pregrado sin codeudores o sin activos para respaldar un préstamo educativo. Imagínese ahora un inversionista interesado en invertir en capital humano, es decir estudiantes. Los dos establecen un contrato por el cual el estudiante recibe la financiación necesaria para pagar sus estudios y a cambio se compromete a pagar el 3.5% de su ingreso durante los primeros 60 meses de trabajo.
Ambas partes ganan. El estudiante no solo obtiene el nivel educativo que le interesa, sino que puede pagar con su ingreso futuro. El estudiante además recibe ayuda por parte del inversionista para ingresar lo más pronto y de la mejor manera al mundo laboral. El inversionista recibe tanto el retorno financiero como la satisfacción personal.
Obviamente la parte más delicada del contrato es el riesgo de no repago por parte del estudiante. Es ahí donde entra la parte más inteligente de la idea, porque los incentivos al progreso educativo de los estudiantes quedan en manos de agentes privados. Los estudiantes tienen ahora nombre propio y está en el mejor interés de ambas partes el éxito del contrato.
Una extensión de esta idea a todo el ciclo educativo es posible. La razón por la que los estudiantes de clase media y alta no son pobres es un por un contrato implícito entre ellos y sus padres. Un contrato que toma al menos 23 años. Los niños pobres no tienen la culpa de nacer en un hogar pobre, pero mientras más tiempo permanezcan en uno más crece sus probabilidades de nunca salir de ahí. Un ciclo que todos conocemos. Un ciclo que ningún programa público ha podido derrotar por una razón muy sencilla: estos niños no tienen nombre propio, no tienen un inversionista propio.
Imagínese ahora que TODOS los niños pobres de cierta edad fueran cobijados por un contrato de este estilo. La pobreza por falta de recursos para una buena educación se erradicaría en cuestión de 20 años.
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